3/3/10

La abuela Petra (1870-1957)

-Y, tú, ¿qué quieres ser de mayor?- responde con otra pregunta.

-Abuela, ¿quién manda más Franco o el Papa?

-Y yo que sé quién manda más, ¡sabiondo!, que todo lo quiere saber. Pues… será el Papa que manda en los curas y obispos de todo el mundo, Franco sólo manda aquí. ¿Qué más te dará a ti quién mande o deje de mandar?, al final te tocará- como a todos nos ha tocado- obedecer a unos y a otros, y sin chistar.

-Pues seré Papa, si es el que más manda, eso quiero ser de mayor. ¿Qué hay que hacer para ser Papa, abuela?

-¡Ahora sí que me has amolado! Nada menos que Papa quiere ser el muchachín. ¡Abrase visto descaro! Pues para empezar tendrás que estudiar mucho, mucho. Pero mucho, mucho, tanto que te tendrías que ir fuera del pueblo, a la capital como poco, que aquí no hay maestro ni maestra que sepa enseñar a ser Papa.

Mientras habla con el menor de sus veinte nietos, la abuela Petra empuja con la badila las ascuas al rojo vivo hacia la gran lancha de granítico basalto, pulida durante siglos por las aguas del Jerte, de donde su marido la sacó cincuenta años atrás con ayuda del gigantesco mulo que le acompañó durante años en las tareas de labranza. La lancha acumula el calor de las llamas para luego expandirlas por la estancia.

-Abuela, ¿no podría usted enseñarme a ser Papa?

-¿Enseñarte yo? ¡Ay, hijo mío! Sabes más tú con cinco años que yo con ochenta, ni siquiera aprendí a firmar y tú llenas los cuadernos con letras juntas que luego todos pueden leer. Mentira me parece lo que sabéis desde tan chicos.

-¿Qué es firmar abuela?

-Firmar es escribir tu nombre en los documentos, en los papeles. Por ejemplo, hubo que firmar cuando tu abuelo vendió la finca del robledal para pagar al médico y a la botica, y al cura por el entierro, que no sirvió la ciencia del médico ni los potingues del boticario, a la postre se nos murió el hijo, el único varón que teníamos. Y no pude firmar, tuve que mojar el dedo en tinta y ponerlo en el papel, junto al garabato de la firma de tu abuelo, que él sí sabía escribir- malamente- su nombre.

-Pues yo sé firmar abuela, sé escribir el nombre y apellido, con lápiz y con pluma.

De repente un trueno retumba como si la casa entera se viniese abajo. El niño se arrima medroso a la abuela que, sentada en una silla baja de enea frente a las llamas de la chimenea, se santigua sin que el susto logre modificar el mapa formado por miles de afinas arrugas que surcan su rostro, octogenario, en todas direcciones.

-“Santa Bárbara bendita, en el cielo estás escrita con papel y agua bendita. Ángeles y querubines, arcángeles y serafines …”

-Abuela ¿porqué reza usted?

-“Santo, santo, santo. Señor Dios de los ejércitos celestiales, Señor todo poderoso, no dejes que el rayo mate a tus siervos, ni a pastores, ni al ganado…”

-Abuela…

-¡Reza tú también!, no vaya a ser que se nos meta una centella en casa y nos mate a todos.

-¿Qué es una centella, abuela?- El estallido de cada trueno provoca un temeroso encogimiento del niño, temeroso de ver caer las paredes, al escuchar el tintineo de los cacharros en el vasar de madera que ocupa un lienzo del muro frente al fuego.

-La centella es… se produce cuando chocan dos rayos, entra en las casas por cualquier hueco o ventana abierta y puede matar a todo lo que encuentre vivo a su paso- se santigua de nuevo la anciana al terminar la definición del terrorífico efecto atmosférico.

-Y ¿aquí puede entrar una centella?- busca con la mirada algún hueco por el que pueda aparecer de repente la maligna chispa- están cerradas las puertas pero, ¿puede entrar por la chimenea? ¿Cómo puedo saber que es una centella, si la veo aparecer de repente?

La mujer, antes de responder, tira hacia la frente del pañuelo negro que cubre su cabeza, le envuelve todo el contorno y por la espalda cae en pico hasta la cintura, ocultando el cabello, dos puntas terminan en lo alto de la cabeza, cerca de la frente, en un nudo. Toda su vestimenta, desde la enagua, el refajo, la falda, el corpiño y la toquilla cruzada y sujeta a la cintura, todo es absolutamente negro, así como las medias y las zapatillas de esparto.

-La centella vuela tan rápido que no se puede ver, es como una chispa y se mueve a capricho. Puede entrar por una chimenea, cruzar la cocina, entrar en un dormitorio, matar a todos los que encuentre durmiendo y volver a salir por una ventana, tan campante.

-Abuela, ¿usted ha visto alguna vez una centella?

-No estoy segura, creo que una vez entró una en casa de mis padres, cuando yo era chica, pero volvió a salir sin tropezar con nadie, quizás no encontró al que iba buscando y se alejó dejando tan sólo un agujero muy negro en la pared por donde se escapó. Como no encontró ventanas abiertas hizo un agujero en el muro de adobe y se fue con viento fresco. Mi pobrecito padre- que en paz descanse- me contó una vez, al humor de la lumbre, que a un amigo suyo se le metió en casa la centella y, culebreando como los relámpagos, entró en la cuadra y descabezó a tres vacas y una mula. La mula, que se había negado a tirar de las andas con el Santo Cristo en la procesión del Viernes Santo, apareció con un puñado de helechos taponando la herida allí donde antes tenía la cabeza. Luego ascendió por el hueco de la escalera y atravesó el pecho de un niño de teta que, misteriosamente, se había incorporado en la cunita sin saber andar ni ponerse de pie. Decía mi padre que el grito que lanzó la madre al ver atravesado el pecho del niño fue tan espantoso que detuvo el curso de la centella y ésta cayó justo en la lumbre, junto a la lancha. De allí la recogieron los padres del niño y, todavía caliente, se la pasaron por la herida del pecho que se cerró de inmediato, y el niño revivió y a partir de ese día se ponía de pie y andaba él solo- el niño escucha embobado la historia de la abuela olvidándose del retumbar de los truenos que se a alejan junto con la tormenta.

-Abuela, ¿si la centella es una chispa de dos rayos cómo es que la pudieron coger con la mano, se había apagado ya?

-Tenía forma de piedra redonda, como las del río, y tenía tanto poder que si la ataban con un hilo y la pasaban sobre las llamas de la chimenea no se quemaba el hilo, ya ves tú que prodigio.

-Abuela, ¿sabe usted cuando vendrá mis padres a por mí?- perdido el interés por la centella cambió de tema.

-Pues no tardarán, espero. En cuanto terminen con la recogida de la cosecha, bajarán al pueblo y si hay suerte y es buena, y la venden bien, podrán pagar parte de lo que deben y comeréis tú y tus hermanos todos los días durante una temporada.

-Y ¿por qué no me llevan con ellos como hacen con los hermanos?

-Porque tú eres pequeño, no puedes trabajar y tienes que ir a escuela y aprender mucho, tanto como para poderte ir de este miserable pueblo que sólo ofrece miseria y hambre a los que se quedan, a los que no saben escapar a su destino. Aquí me tienes a mí, a mi edad haciendo de ama de cría para que tu madre pueda ayudar en las faenas del campo sin tener que estar pendiente de ti, aunque sí de tus hermanos y del marido, y encima trabajar como una burra en la recolección, que ya es desgracia nacer mujer con los tiempos que corren.

-Pero yo cuando tengo hambre se lo digo y usted me da un pedazo de pan con algo… ¡ahora tengo hambre abuela!

-Pero yo no estaré aquí toda la vida para darte pan. Ya no me queda nada que dar, repartí las fincas y las casas, los aperos, los ahorros… lo repartí todo a mis hijas cuando se fueron casando- también a tu madre- y, lo que ellas me tenían que dar cada año no me lo dan, unas porque dicen que no pueden, y otras porque no quieren. Vivo de la caridad, como quien dice. Y todavía vienen todas a pedirme ayuda, me mandan a los hijos para que les de la merienda, o unas monedas los domingos. Pronto me tirarán de esta casa, que es lo único que me queda, la venderán y se repartirán el dinero. A veces me parecen aves de rapiña los maridos de mis hijas.

-Pues si la echan de la casa, abuela, se puede usted venir a la nuestra que, aunque somos muchos, le haremos un sito cerca de la lumbre- coloca su mano sobre la arrugada de la anciana.

-Qué buen corazón tiene el mi niño, lo que tú no puedes entender es que allí no tengo sitio y, además, la casa no es de tus padres, están alquilados y no pagan la renta, también les tirarán cualquier día y se quedarán con los cuatro hijos en la calle, pero… ¿qué te estoy diciendo, mi niño? No hagas caso de esta vieja chocha. Ven, ya ha dejado de tronar y no llueve. Vamos a la tahona a comprar un pan, te daré un cantero para ti solo y un cachino de chorizo para que hagas las once como Dios manda. Pero no se lo cuentes a tus primos, esconderé el resto del pan para que dure unos días o acabarán con él en un visto y no visto. No te sueltes de mi mano, no venga un auto y tengamos una desgracia.

-No abuela, no pasarán coches hasta la tarde, cuando venga el correo.

-Y tú ¿cómo lo sabes? Pareces un viejo sabiondo.

-Es que el autobús con el correo viene por la tarde, abuela. Eso lo sabe todo el mundo. Y por aquí sólo pasa el coche del correo. Cuando sea verano sí que pasarán muchos camiones cargados con la fruta.

Salem a la calle y cogidos de la mano caminan al lento e inseguro paso de la anciana sobre el empedrado de la calle, en dirección a la vieja tahona asentada a la orilla del río, de cuyo cauce toma el agua para mover el molino y transformar el trigo en harina. El agua también mueve el generador de electricidad para hacer funcionar el horno y para encender cuatro o cinco horas, por la noche, las bombillas de las casas de la aldea.

Las mujeres que barren delante de sus casas, o permanecen asomadas en ventanas y balcones, saludan deferentes a la anciana tía Petra, mujer estimada y conocida por todos.

-¿A dónde va tía Petra con el nieto?

-Qué nieto tan guapo tiene usted.

-Se estás mejor con la abuela que en la escuela, ¡eh, pillastre!

La anciana saluda a diestra y siniestra con monosílabos, evitando detenerse.

-¿No tendrán nada que hacer? Míralas, ahí asomadas a las ventanas como loros, mano sobre mano. Luego vendrá el marido y no tendrán la casa hecha, ni la comida… cuanto perantón suelto hay en este pueblo- la mujer rezonga en voz tan baja que el niño no entiende qué decía.

-Abuela, madre no sabe historias. Cuando estoy con usted aprendo más cosas que en la escuela. Tendría que venir todos los días a su casa, y no sólo cuando se van a recoger la cosecha.

-Boberías. En la escuela es donde tienes que estar y poner mucho interés. Deja, deja que pase esa mujer, debes respetar la derecha, y el paso, a las personas mayores siempre que vayas por la calle. Y pedir permiso para entrar en los lugares donde haya personas mayores, dando los buenos días o las buenas noches, ¿te acordarás? Y levantarte del asiento y cederlo a quien esté de pie si es persona mayor. Y hacer caso si alguien te llama la atención.

-Que sí abuela, que me acuerdo siempre. Pero no sé quienes son personas mayores, ¿todos los que tienen un año más que yo? ¿O sólo los viejos? Abuela ¿qué es más grande, el sol o la luna?

-No querrás que vaya yo a medirlos para saber qué es más grande. ¿Te interesa mucho saberlo?

-Bueno, yo ya sé cual es más grande.

-¿De verdad lo sabes?- la tía Petra se detine para mirar a la cara sonrosada del pequeño. El arrugado rostro muestra perplejidad.

-Claro. Es muy fácil. Si pone usted el dedo gordo delante de un ojo, y cierra el otro, tapa la luna, pero para tapar el sol hacen falta dos dedos, por lo menos. El sol es más grande.

La mujer resopla reanudando la marcha hacia la tahona que se encuentra ya a la vista, alejada de las últimas casas del pueblo.

-No pises esa planta, es buena para el cólico miserere- el niño esquiva la planta que junto a la vereda se alza orgullosa mostrando una flor de llamativo color malva.

-¿Qué es el cólico misere?

-Miserere, no misere. Son unos retortijones y calambres de barriga que pueden llegar a matar a una persona, los que lo cogen se mueren por culpa de las caguetas que no se cortan más que con esa hierba que ibas a pisar, ningún brebaje de la botica lo cura.

-Abuela ¿usted conoce todas las plantas?

-Qué más quisiera yo. Conozco algunas y los efectos que tienen sobre personas y animales, para curar o para matar que las hierbas pueden hacer mucho bien o mucho daño. El tío Hilario es el que más sabe de hierbas, en qué época hay que recolectarlas y cómo usarlas, sabe más que el médico. Él sabe aplicar las ortigas, o el árnica, para quitar la inflamación, puede curar la anemia perniciosa, las fiebres puerperales, incluso el baile San Vito. Todo a base de hierbas que recoge, seca y luego machaca, mezclando unas con otras, con agua, con vino o con miel.

-Y si es tan listo. ¿Por qué todo el mundo se mete con él y le hacen burla?

-Por ser rojo. Por perder la guerra y seguir aquí- la mujer baja la voz hasta susurrar.

-¿Él perdió la guerra? ¿Qué es ser rojo?

-Él sólo no. La perdimos todos los que no la ganamos. Los rojos son los que fueron fieles a la República cuando se sublevaron los… No me tires de la lengua, preguntón, se acabó el asunto, de esto no se habla, y menos por la calle. No se debe, ni se puede hablar de esas cosas. ¿Entendido?

-Abuela ¿usted sabe canciones? ¿Me puede enseñar alguna canción?

-Menudas ganas de cantos tengo yo. Pero saber… claro que sé canciones, antes cantábamos a cualquier hora del día, por la mañana en el río al lavar la ropa, mientras se planchaba con aquellas planchas de hierro que se calentaban en las brasas, cocinando, fregando los cacharros… en el campo haciendo las faenas… cantábamos a cualquier hora, incluso de madrugada en las procesiones nocturnas, o cuando los mozos salían de ronda. Recuerdo aquella que decía:

-Levántate morenita, levántate resalada, levántate,

que la noche se acaba y llega la madrugada,

Levántate morenita, levántate…

-Abuela, ¿por qué usted siempre va de luto?- pierde de repente interés por las canciones.

-Por culpa de la muerte pelechona hijo mío, que no termina de llevarse a alguien y ya viene a por otro. Se me juntan los duelos y como cada uno tienen marcados sus años de luto… pues no termino de cumplir con uno y ya tengo que guardarlo por otro. Ya ni me preocupo, no quiero colorines, eso se queda para la juventud que no respeta nada, no han pasado dos años de la muerte de un padre o un hermano y ya quieren quitarse el luto, o irse a pasear por la carretera los días de fiesta.

-Abuela y si son niños los muertos ¿también hay que ponerse de luto?

-¿Dónde quieres ir a parar? ¿Qué te bulle en esa cabeza que no descansa nunca?

-Es que madre no está de luto y se le muere un hijo todos los años.

-Los niños que se mueren con menos de medio año de vida no requieren de luto y a tu madre se le mueren con dos o tres meses, qué listos son algunos recién nacidos yéndose de aquí.

-Entonces, ¿yo fui bobo por no morirme abuela?- parece quejoso.

-No mi niño, claro que no. Tú serás lo que quieras ser en la vida. Tienes futuro, siempre y cuando seas capaz de escapar de aquí, aunque tengas que esperar a ir a la mili, será una buena ocasión para irte y no volver.

-Abuela, ¿por qué no veo nunca a mis primos, no vienen ellos a verla? Si les encuentro por la calle ni siquiera les conozco.

-Claro que vienen, más de lo que yo quisiera, que son como lobos y se me comen lo que no tengo. Algunas personas son como animales, a veces. Los padres no se pueden ni ver y a los hijos les prohíben que se vean. Los unos vienen cuando no están los otros. Pero tienes veinte primos, lo quieran o no vuestros padres.

-Abuela ¿cómo es que con el agua del río se fabrica la luz eléctrica?

-Eso pregúntaselo a quien lo sepa hijo, a mí me parece cosa de brujería. Pero ten presente que el agua y el viento son temibles, pueden más que cien mil hombres juntos. El viento soplando y el agua moviéndose, pueden hundir toda una flota de barcos enormes, más grandes que este pueblo y quedarse tan campantes.

-Eso no puede ser abuela, como va a ser un barco más grande que un pueblo que tiene muchas casas, y cuadras, y calles, y postes de la luz.

-Pues créetelo, pueden. El agua traslada montañas y el viento puede arrasar bosques enteros, o llevarse los tejados volando. Hay quien dice haber visto volar a las vacas que pastaban en el valle tras salir del rio un vendaval o un tifón. El tifón es temible, gira y gira y, todo lo que encuentra a su paso, se lo lleva volando como si fuese paja.

El pequeño mira de soslayo a su abuela, está seguro de que es un cuento, que exagera, pero no quiere herirla diciéndoselo. Opta por cambiar de tema.

-A los buenos días, tía Petra, ¿cómo usted por aquí? ¿A pasear al nietecín?- el panadero se frota las manos con una trapo no demasiado limpio tratando de eliminar los restos de harina.

-Ya ves Ambrosio, a por un pan reciente, si puede ser.

-Pues vamos a tener suerte, acabo de sacar del horno media docena así que se lo llevará calentito todavía. Tengo también unos huesillos con anís, y bollos del santo no querrá unos cuantos para niño, que ya sé que usted no los prueba pero...

-Deja, deja Ambrosio, que el niño luego no me come si le doy dulces y, además, le duele la barriga- no hace falta sujetarle, el niño está enseñado, sabe que no debe pedir nada, ni mostrar siquiera interés por los dulces. La costumbre aprendida es negarse tres veces a coger algo que le ofrezcan, si le insisten más… está autorizado acogerlo, pero no antes. En sus ojos se percibe el deseo exacerbado por probar aquellas delicias que anuncia el panadero. El olor de la tahona, a pan recién hecho, a los bollos y dulces, ya es suficiente para provocar salivación en el niño, habituado a comer poco, y pocas veces al día, hambre siempre tiene. Los dulces no le quitan el hambre porque nunca se los dan.

Coloca la abuela el enorme pan en una bolsa de tela que trae doblada en la faltriquera que le cuelga de la cintura y se despide del panadero que no demuestra irritación por no haberle vendido los dulces.

-Voy sin dinero Ambrosio, ya pasaré a traértelo, iba de paseo con el niño y se me ha ocurrido entrar porque me ha pedido pan y…

-No se preocupa tía Petra, cuando a usted le venga bien pasar, sin prisa mujer, se lo apunto en la libreta, junto a lo otro que tenemos ya pendiente- este último comentario escuece a la mujer, a pesar de su aparente amabilidad el panadero le recuerda que ya debe varios panes.

Regresan hacia el pueblo, esta vez a buen paso. El niño tira, sin darse cuenta, de la mano huesuda, cubierta de piel flácida y de venas abultadas, de su abuela. Siente hambre, el olor del pan recién hecho que sale de la bolsa le vuelve impaciente.

-No corras tanto, que me vas a tirar periñán.

-Abuela, ¿usted nunca tiene hambre? Es que nunca la veo comer- es una forma diplomática de hacerle ver que él sí tiene hambre, y mucha.

-Yo no necesito comer ya, me alimento de aire. Pero ya te entiendo, tú si tienes hambre y prisa por comer, venga apúrate, en cuanto lleguemos encentaremos ese pan para ti- abuela y nieto retornan a buen paso cogidos de la mano.

El arcaico pasado y el futuro unidos por situaciones comunes. A ninguno de los dos les preocupa el tiempo que pasan charlando, el niño exponiendo su afán por saber, por conocer, a través de sus inagotables preguntas, de su insatisfecha necesidad de saber, y la abuela, porque es consciente del escaso tiempo que le queda para ver crecer a sus nietos, para transmitir sus experiencias, sus conocimientos y, en especial, sus hábitos de conducta, las reglas de convivencia, las normas que facilitan las relaciones entre las personas.

Poco han cambiado los usos y costumbres, en lo que atañe a las mujeres, desde su juventud hasta su vejez. Siguen siendo las únicas responsables de las tareas domésticas y de los hijos, tienen que atender a los animales, acompañar al marido al campo a trabajar y, cuando se sientan a la hora de comer, a hacer la comida. Levantarse y recoger y limpiar los utensilios finalizada la comida y volver al trabajo para llegar de noche a casa. Mientras los maridos, tras pedir agua caliente para afeitarse y una toalla y camisa limpia, se van al bar un rato, ellas tiene que hacer las faenas de la casa, preparar la cena y ocuparse un rato de los hijos. Y así cada día del año, salvo los dos o tres días de parto, que casi todos los años tienen uno, en que se quedan en casa. Luego con el niño en un capazo vuelven al campo, le dejan a la sombra de un árbol y paran de tanto en tanto un rato para darle el pecho, única comida disponible para los bebés, ya que es gratis. Menos mal que las abuelas, si queda alguna viva en la familia, se hacen cargo durante el día de los críos cuando salen de la escuela, les dan de comer, les cuentan historias y hacen las veces de padre y madre con mejor talente y sin la mano dura de los padres.

Sin las abuelas no se transmitirían las experiencias, las costumbres, las leyendas, ni la historia de la familia y del lugar. Sencillamente, los padres no tienen tiempo ni ganas de sentarse durante horas a charlar amigablemente con sus hijos pequeños, y cuando éstos son mayores son ellos los que no quieren sentarse a hablar con los padres.

Valencia (España). Marzo 2.010

©Diego R. Herrero (Scila)

1 comentario:

  1. Trasteando por tu sitio he llegado a este delicioso relato que desconocía. Gracias por el agradable rato que tras el desayuno (que es cuando más me gusta leer)me has hecho pasar.

    Un saludo.

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