21/11/10

La sudaca


El dedo se clava en mi esternón. Presiento que traspasará mi piel, perforará mis costillas y saldrá por mi espalda si sigue presionando.
-He dicho que lo recojas, si sabes qué te conviene- estamos en el andén del metro, hay poca gente, la mayoría observa de reojo pero nadie interviene.
-No he sido yo- repito por enésima vez- esa colilla estaba ahí cuando llegué.
La mano, como una garra, atrapa mi cuello. Mis pies se apoyan sobre la punta de los dedos cuando me eleva del suelo, sin aparente esfuerzo. Respiro con dificultad, mis ojos de repente quieren saltar de sus órbitas. Intento con mis manos soltar la presa pero no lo consigo. Acerca su boca, oliendo a alcohol y tabaco, a mi oído y me cuenta sus planes.
-Me da igual si has sido tú o no, quiero que recojas ese cigarro y lo lleves a la papelera. Y si no lo haces... te daré una lección que no olvidarás. Te sacaré de aquí, te llevaré a mi coche, te arrancaré los botones de esa camisa de puta que llevas y haré cositas contigo. Te romperé con esto- no puedo ver que es "esto" aunque lo imagino- y, cuando esté a punto... ¿comprendes, puerca?
Afloja un poco su presa al cuello y las plantas de mis pies recuperan el contacto con el suelo.
-Y, ¿si demuestro que no he sido yo...?- mi voz sale ronca.
-No entiendes nada, asquerosa. Quiero que recojas ese cigarrillo, y quiero que lo hagas porque prefiero que te niegues. Deseo tener que, a mi pesar, darte lo que mereces, quizás así entiendas que deberíais permanecer en vuestro país y no venir aquí, a contagiarnos enfermedades, a quitarnos el trabajo, a arruinar a la seguridad social, a llenar nuestras calles de putas y chorizos, único oficio que practicáis, con poca profesionalidad, encima.
-Entonces, no se trata del cigarrillo, es que crees que soy extranjera.
-Eso. Extranjera, sudaca, o india, a saber- su mano pasa de mi cuello al cuello de mi chubasquero, tira de él y me hace caminar sobre las puntas de los pies hacia la escalera. En el forcejeo pierdo el bolso que cae al suelo.
Una mujer de edad avanzada se agacha a recogerlo, varios objetos caen al suelo, entre otros una cartulina plastificada: un DNI. La mujer puede leer el nombre: Carolina García Romero, nacida en Tenerife, domiciliada en Madrid…
-¡Oiga, oiga…!- corre la mujer con el bolso y el DNI en la mano tras el enorme segurata que arrastra escaleras arriba a su presa.

 ©Scila/Diego R. Herrero. (2002)

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