22/12/10

ALKA


El perro es el mejor amigo del hombre, ¿o no?

Consternado observo mis rosales, arrancados y esparcidos por el jardín.
-¡Alka, Alka!- aparece la perra- pastor alsaciana de pelo largo- que unos “amigos” me han forzado a adoptar el fin de semana. La sigue Bartolo, mi perro. Pastor alemán también, listo, fiel y cariñoso como pocos.
-¿Qué has hecho, perra del demonio?- se sienta sobre el césped, finge temor, pero dentro de dos minutos, provocará otro desastre. Se sabe intocable. La cojo del collar y la obligo a oler los rosales arrancados. Se revuelve, sus afilados dientes, dejan dos sangrientos trazos en mi brazo, y la manga de la camisa a cuadros de los domingos hecha jirones. Me enfurece su reacción. Con uno de los rosales arrancados le sacudo una y otra vez, no puedo hacerle daño, pero me planta cara. Anclada sobre sus cuartos traseros gruñe, levanta el labio superior y me muestra un millón de dientes marfileños, sin caries. Me está amenazando. Lo presiento.
-Muy bien, llamaré a tus dueños, que vengan a recogerte o te llevo a la perrera, allí aprenderás modales.
Mi fiel Bartolo no me defiende, habría sido lo natural, pero no, él sólo va a lo suyo, acercar su hocico al trasero de la fiera. Cosas del sexo.
Me alejo despacio, no crea la muy bastarda que me ha asustado. La controlo de reojo. Cuando entro en casa, mi mujer sale.
-¿Te quedas en casa hoy?- se le hace tarde, como siempre.
-Sí, me quedo. He de cortar el sauce, está podrido por la carcoma y cualquier día provocará un desastre.
-Ten cuidado, o mejor, llama a alguien que lo haga, es demasiado alto, y cuida que los niños salgan con tiempo hacia el colegio. Nos vemos a mediodía. Muahhh!- me tira un beso de mentira y se va.
Poco después, tras despedir a mis hijos en la puerta, saco del garaje la escalera y monto los tres tramos, nueve metros en total, bajo el árbol condenado a muerte. Regreso a por la motosierra, compruebo que el depósito está lleno y me acerco a la escalera. Un gruñido junto a mi pierna llama mi atención, es Alka. Soy más rápido que ella, le lanzo un punterazo que tan sólo la roza, se aleja rauda y desde lejos me muestra los dientes.
-Deja que termine con esto y verás lo que tardas en salir de aquí, mala zorra.
Inicio el ascenso, al llegar al segundo tramo las ramas dificultan la subida. Cuando alcanzo la mitad del tercer tramo la escalera se mueve, se curva por mi peso, parece doblarse. Coloco los pies en una rama gruesa, cerca ya de la copa y arranco la motosierra. Desde esta altura observo los jardines vecinos, me encuentro muy por encima de los tejados. La cadena dentada corta limpia y fácilmente abriendo un claro entre el ramaje que me permite trabajar con comodidad.
El ruido de una moto en la calle llama mi atención, es el cartero; al verme en lo alto del árbol me saluda con la mano, deja las cartas en el buzón y se aleja.
Un chasquido repentino me alarma, dejo de cortar y observo la rama en la que me apoyo, salto sobre ella para comprobar la resistencia, nada, parece sólida. Ha sido un susto.
No quedan ramas gruesas a mi alcance y dirijo la cadena al tronco central, por encima de mi cabeza. Cuando está a punto de caer, suena más fuerte el chasquido.
Esta vez si, la rama cede por el nudo, junto al tronco. Empiezo a caer.
Mi cerebro funciona de repente mil millones de veces más rápido de lo habitual, el tiempo se detiene, permanezco suspendido en el aire, floto ligero y etéreo como un ángel sin alas.
Estoy cayendo, no puedo evitarlo.
-<>- vale, la tiro pero no cae, queda suspendida a mi altura, el motor pesa más que la espada y ésta gira lentamente hacia mí. Me cortará en rodajas. Ayer tenía que haber pagado el seguro del coche y me olvidé de hacerlo, ¿quién recogerá a los niños a medio día? Maldita perra, ¿morderá a alguien cuando entren a socorrerme?
Una quemadura, siento una quemadura pero no puedo mirar, la sierra encontró mi pierna, ¡qué suerte, se desviará y caerá lejos, ¡ya no será un peligro!
Qué silencio, no hay nadie en todo el barrio. Voy a caer sobre un aspersor, se romperá, menuda faena para repararlo, el tubo está enterrado a más de medio metro y además, quedará clavado dentro de mi cuerpo.
Me destrozaré las costillas al caer sobre los troncos del suelo. Bueno, será rápido, pero me preocupa que ocurra así, sin testigos, a solas. Supondrá problemas para mi familia, habrá que hacerme la autopsia, alguien puede sospechar que no es un accidente. Debería aguantar y morirme cuando haya un testigo, le diría que sí ha sido un accidente.
¿Y mi mujer?, se enfadará, menudo genio:
-<>.
-Mujer, lo he hecho otras veces, acuérdate de la falsa pimienta, era más alto y gordo que éste, y lo hice sólo. ¿Cómo podía yo sospechar que estaba tan podrido, que el maldito árbol se vengaría de mí, que moriría matando? Mejor dicho, que me mataría antes de morir.
Qué raro, todavía estoy flotando en el aire, pero no veo los jardines, ni el cielo, no veo nada, pero no está oscuro, esto no puede ser, si no veo nada... es que todo está negro.
Me siento ridículo, sería buena idea gritar, seguro que me oye alguien. No, mejor que nadie se entere. Cuando termine de caer, me levantaré, me lavaré los arañazos, me pondré cristalmina- mejor que la mercromina, no mancha de rojo- y nadie se enterará de que me he dejado tirar por esta mierda de árbol.
Es tonto pensar en ello, pero, ¿y si quedo paralítico? ¡Eh!, ¿quien anda ahí? Alguien me está moviendo, tiran de mi pierna, pero no siento nada. Me esfuerzo por ver algo, tomo impulso y me pongo en pie. He saltado demasiado, ahora estoy de nuevo flotando sobre el jardín.
-¿Qué estás haciendo? ¡Alka, Alka, suelta! Maldito animal, me esta mordiendo una pierna, justo donde la motosierra me cortó. ¡Dios santo! Se ve hasta el hueso. Pero, si estoy aquí arriba, ¿cómo puedo verme allí abajo, tendido en el suelo? ¡Esa mala bestia, me está mordiendo! No, ¡Me está comiendo!
Mi pierna destrozada, a cada dentellada muestra más el hueso, me acongoja no poder espantarla tirándole una rama, dándole una patada en ese hocico ensangrentado. Descubro que mi visión ha mejorado, incluso distingo con claridad las ordenadas filas de hormigas que, bajo el césped, marchan veloces hacia mi cuerpo. Espantado, miro a mi alrededor, el jardín rebosa vida, acuden enormes moscas de colores irisados, extraños insectos que nunca he visto se entremezclan con las voraces hormigas; Como si fuese de cristal la tierra, veo correr en sus galerías a docenas de ratas que se aproximan, alborotando, al festín.
Aún sería posible, si grito, si me oyen... ¿pero, quién abriría la puerta? ¿Quién se atrevería a entrar con esta loba defendiendo su “comida”? ¿Y mi fiel Bartolo, no acudirá a defender lo que queda de mi pierna? Seguro que si silbo vendrá raudo, se lanzará al cuello de la perra come piernas y la degollará en un plis plas. Intento silbar, junto los labios, hincho los mofletes, pero no emito sonido alguno. Trato de ver la expresión de mi rostro, pero no lo consigo. Una mancha oscura cubre mis mejillas, los orificios nasales, los ojos, la boca... la mancha se mueve, oscila, aumenta constantemente de tamaño, acuden más y más insectos, cada uno hace su trabajo con eficacia, a velocidad de vértigo.
¡Por fin! Bartolo acude a la carrera, ¡ahora verás perra inmunda! Lamentarás haberte dado un banquete con su amo. Me froto las manos- mentalmente- de alegría, mi amado chucho impartirá justicia, terminará con... ¡Bartolo!, ¿qué haces?
El pastor alemán, la niña de mis ojos,lame el hocico de Alka, luego mira lo que queda de mí y se lanza sobre la parte alta del muslo, clava sus colmillos y tira, tira hasta llevarse su parte. Alguna artería se desgarra y humedece con profusión- a borbotones- la tierra; el césped se torna allí más y más verde. Desde arriba contemplo la escena con cierta indiferencia, luego observo el límpido azul del cielo y distingo una bandada de aves en vuelo majestuoso, se aproximan, comienzan a planear, los buitres de inmensas alas descienden, se posan junto a mí y esperan su turno con cazurra indiferencia.

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