28/9/14

El viejo café (III)






Al despertar de la anestesia la veo junto a mi cama y la reconozco de inmediato. Su nombre es Aylisha, me dice. Oculta su azoramiento, su rubor, esquivando mis pupilas, así puedo observarla de cerca por primera vez. Su piel es dorada como melocotón maduro, puedo ver un latido tenue en su cuello, me detengo en las sombras casi azules del hueco delicioso de sus clavículas. Pero no recordaba que sus ojos fuesen tan luminosos, tan brillantes. ¡Qué perfección la de su rostro!, ligeramente alargado, su mentón, algo agresivo y ligeramente hendido en la barbilla. Qué rojos y sensuales resultan sus labios vistos de perfil. Sobresale un poco el inferior dando soporte y voluntad al conjunto. ¡Que hermosa es, más que en mis recuerdos, de un día!


Aparta sus ojazos de la ventana y los fija en mí, y es como si, de nuevo, me clavase en la pared con sus pupilas, la misma sensación que tuve ayer, cuando era una persona completa, y me detuve alelado para contemplarla a través del cristal de su coche.

-"Tú no puedes saberlo, pero eres la mujer que me está destinada por los dioses como compañera"- intento decirle sin que mi voz resulte audible.

-No sabes cómo lo siento- su voz me suena a música- pero, te metiste bajo mi coche, literalmente. Te quedaste quieto, mirándome por el parabrisas como un pasmao. En fin, nuestras compañías se encargarán del papeleo, de las indemnizaciones… 
Imagino que no querrás volver a verme, a mí tampoco me resulta agradable verte sin la pierna y pensar que, en cierta manera, soy responsable de ello. De modo que, ánimo y hasta nunca, chaval. Otra vez fíjate por donde vas. ¡Tontín!

©Diego R. Herrero-Scila

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